EL CEREBRO TRAS SUFRIR DCA

La Plataforma Española por el Daño Cerebral Adquirido, muestra en la exposición Dos Caras, 20 fotografías científicas con las afecciones más comunes del DCA tales como tumores, isquemias, ictus, traumatismos craneoencefalico, entre otros. El objetivo es que el visitante pueda entender y conocer cómo afecta el DCA en nuestro cerebro.

 

SOBRE EL ICTUS

El ictus es un trastorno neurológico caracterizado por una alteración súbita de la circulación cerebral que suele producir pérdida de determinada función en dependencia de la zona afectada en el cerebro y otras áreas del encéfalo.

El ictus puede ser de 2 tipos: isquémico o hemorrágico. Se trata de un ictus isquémico cuando se produce una reducción o cese del riego sanguíneo por obstrucción de una arteria en una zona del cerebro, que puede dejar una lesión permanente o irreversible llamado infarto por muerte de las neuronas debido al déficit de oxígeno, o puede ser transitorio y revertirse los síntomas en menos de 24 horas, lo que se considera un “ataque de isquemia transitorio o AIT”.

El infarto cerebral según su causa puede ser trombótico (trombosis cerebral) si la obstrucción del vaso es causada por una placa de ateroma en la pared arterial o de tipo embólico (embolia cerebral) si la obstrucción al flujo sanguíneo es ocasionada fundamentalmente por desprendimiento de un émbolo o coágulo del corazón o de una arteria. Los ictus isquémicos son los más frecuentes. En el caso del ictus hemorrágico, lo que se produce es una rotura de la pared de un vaso sanguíneo llevando a un derrame o extravasación de sangre en el cerebro, ocurriendo por lo general durante cifras de tensión arterial muy elevadas. La sangre puede extravasarse en el tejido cerebral, lo que se conoce como hemorragia cerebral o parenquimatosa, o puede derramarse en el líquido cefalorraquídeo que circula en el espacio subaracnoideo alrededor del encéfalo o dentro de las cavidades del cerebro llamadas ventrículos.

Los síntomas de un ictus varían según la zona afectada en el cerebro u otras estructuras del encéfalo, pero entre los más llamativos pueden estar algunos tales como: pérdida de la fuerza muscular o la sensibilidad en una mitad del cuerpo y cara, dificultad para hablar o entender el lenguaje hablado y escrito, pérdida de visión en un lado del campo visual, alteraciones en el equilibrio, etc. La gravedad del ictus puede ser leve o moderada, pero si la magnitud o extensión es significativa o si afecta áreas que controlan funciones vitales como la frecuencia cardiaca o respiratoria, pueden resultar fatales o dejar secuelas severas.

Existen muchos factores de riesgo, un gran número de ellos modificables, que favorecen la aparición de un ictus, entre los que se incluyen la hipertensión arterial, la Diabetes Mellitus, la presencia de colesterol y otras grasas elevadas en sangre, la existencia de enfermedades del corazón como la arritmia tipo fibrilación auricular, y otros como la obesidad, sedentarismo y consumo de drogas. Entonces resulta relevante un diagnóstico precoz de estas enfermedades y control adecuado de las mismas mediante un tratamiento adecuado para evitar que se desencadene un ictus o prevenir que vuelva a repetirse (prevención secundaria).

El tiempo juega un papel esencial en el ictus pues su diagnóstico en las primeras 3 a 4 horas permite mayores opciones de tratamiento y un mejor pronóstico con menos secuelas. De ahí la importancia de la utilización del Código Ictus antes la presencia de síntomas neurológicos súbitos que hagn sospechar un ictus. De igual forma, el tiempo es esencial en la rehabilitación cerebral pues una rehabilitación temprana e intensiva se asocia a una mejor recuperación de las secuelas, mayor funcionalidad y mejor cualidad de vida.

SOBRE EL TRAUMATISMO CRANEOENCEFALICO

El traumatismo craneoencefálico es cualquier tipo de trauma o efecto mecánico que conlleve a lesión de grado variable en cuero cabelludo, cráneo y estructuras intracraneales incluyendo el cerebro y las membranas que lo envuelven. Según la rotura del cuero cabelludo, el traumatismo se considerar cerrado, con integridad de la piel, o abierto, si existe herida cutánea; y en dependencia de la rotura del hueso, puede ser con fractura craneal o no. Asimismo, el traumatismo craneoencefálico se considera simple si se trata de un trauma leve y no existe afectación del nivel de conciencia ni alteración funcional ni estructural del encéfalo, evidenciado fundamentalmente por ausencia de pérdida de conciencia.

 

Cuando el traumatismo es más severo, como suele producirse por ejemplo por un impacto severo con un objeto o durante un accidente de tráfico, donde la persona se desplaza a alta velocidad o la cabeza se mueve o sacude violentamente (efecto aceleración/desaceleración) puede existir una conmoción cerebral en la que hay una breve pérdida de función cerebral, incluyendo pérdida o disminución del nivel de conciencia, confusión o amnesia transitoria, sin daño estructural cerebral evidente.

Por otro lado, pudiera desencadenar en una situación más grave, que es la contusión cerebral, en la que hay una afectación del nivel de conciencia de mayor grado y duración, que puede llegar al coma, y existe daño estructural cerebral de grado variable constatado por tomografía axial computarizada (TAC) o resonancia magnética.

Además de la alteración de conciencia típicamente más severa por complicaciones secundarias al trauma como el edema cerebral, microhemorragias múltiples, daño neuronal difuso y la hidrocefalia o aumento de la presión intracraneal, existen otros síntomas o déficits neurológicos focales en la contusión cerebral que dependen de la función de la zona del cerebro afectada directamente por el trauma, entre los que se encuentran pérdida de la fuerza muscular o de la sensibilidad en un lado del cuerpo, pérdida de equilibrio, alteraciones en el campo visual, convulsiones y alteraciones de la atención, memoria, aprendizaje, lenguaje, orientación, razonamiento y de otras funciones cognitivas..

El traumatismo craneoencefálico grave suele asociarse a hemorragias o hematomas intracraneales, que se producen tanto dentro del tejido cerebral (hemorragia intracerebral), como en las membranas que lo cubren (hemorragia subaracnoidea, hematoma epidural y hematoma subdural) o en las cavidades que contienen líquido cefalorraquídeo dentro del cerebro llamadas ventrículos (hemorragia intraventricular). Estas hemorragias con frecuencia son fatales, en dependencia de su localización y volumen, al asociarse a compresión, desplazamiento y herniación de estructuras vitales del cerebro y tallo cerebral.

Entre los factores de riesgo más importantes relacionadas al traumatismo craneoencefálico están las imprudencias al volante como la conducción temeraria o a alta velocidad asociada comúnmente a ingestión de alcohol, consumo de drogas, falta de sueño o el uso de somníferos o sedantes. Otros factores incluyen trabajos o actividades en altura sin protección adecuada y deportes con gran contacto físico como el boxeo.

SOBRE EL TUMOR CEREBRAL

Los tumores cerebrales son masas intracraneales o lesiones expansivas en el cerebro por crecimiento de células anormales que pueden ser primarios, cuando se desarrollan a expensas de células del cerebro o de las membranas que lo cubren, principalmente de las neuroglias (estos tumores son llamados gliomas) y membrana meníngea duramadre (meningiomas), o secundarios por metástasis de tumores que se originan en otros órganos, entre los que destacan el cáncer de pulmón, de mama y de piel (melanoma). Estos tumores pueden ser benignos, formados por masas que crecen lentamente y comprimen el tejido circundante, pero no invaden el tejido cerebral normal, o malignos formados por células cancerígenas que crecen rápidamente y son muy invasivos al diseminarse a otras zonas del cerebro. Los tumores cerebrales afectan tanto a niños como adultos, aunque el tipo específico de tumor es diferente en estos grupos de edades.

Los síntomas de los tumores cerebrales son variados en dependencia de la localización del tumor y por tanto de la pérdida de función de la zona cerebral comprimida o invadida por la lesión. Estos síntomas incluyen pérdida de la fuerza muscular o de la sensibilidad en un lado del cuerpo, pérdida del equilibrio o la coordinación motora, alteraciones visuales,

de la audición o el olfato, y trastornos de la conducta y personalidad, la atención, la memoria, el lenguaje, o de otras funciones cognitivas como el reconocimiento de objetos, el cálculo y el razonamiento.

También pueden manifestarse por alteraciones hormonales si el tumor compromete la glándula hipófisis localizada en la base del cráneo. Aunque todos estos síntomas son comunes a muchas enfermedades neurológicas, existen algunas características clínicas que hacen sospechar que se traten de un tumor cerebral primario, que incluyen un desarrollo gradual o lentamente progresivo de los síntomas, la existencia de convulsiones o crisis epilépticas, la presencia de cefalea crónica, sobre todo si el dolor está siempre localizado en la misma zona de la cabeza, o si se asocia a pupilas de diferentes tamaños (anisocoria) o a náuseas y vómitos frecuentes por aumento de la presión intracraneal que produce el tumor.

Ante estos síntomas es importante buscar asistencia médica para hacer un diagnóstico lo más temprano posible y proceder al tratamiento quirúrgico u oncológico del tumor y/o de complicaciones asociadas, como la hidrocefalia con derivación del líquido cefalorraquídeo de los ventrículos cerebrales. De todos modos, el pronóstico o capacidad de recuperación del paciente con tumor cerebral depende en gran medida de factores como el tipo de tumor, su tamaño y su localización.